El Tlecuil y el recuerdo que no se apaga

Ursula Isabel Castro Basurto
Tlecuil tradicional en Huixastla Morelos
Hay imágenes que se quedan grabadas en el alma, olores que nos transportan a un instante de la infancia y sabores que son el mapa de nuestra identidad. Quien no recuerda o ha tenido que ver esa típica cocina mexicana, con su techo ahumado y su fogón de leña en el centro, sabe que en ella no solo se cocinan los alimentos, sino que se atesoran los recuerdos más profundos. El tlecuil, ese fogón tradicional que aún respira en las cocinas de México, es mucho más que un sitio para guisar: es el corazón palpitante de la casa, el lugar donde el fuego no solo calienta los alimentos, sino que mantiene viva la memoria de quienes nos precedieron.
El tlecuil, palabra de origen náhuatl que proviene de tletl (fuego) y cui (tomar con la mano), se interpreta como “hogar del fuego” o, en una traducción más poética, “hacerle casita al fuego con las manos” (El Colegio de México, 2009). Este significado encierra la esencia misma de la cocina tradicional: un espacio construido con el esfuerzo y el cariño de quienes, generación tras generación, han sabido honrar el fuego como fuente de vida y sustento. No es simplemente un fogón de tres piedras sobre el que se colocan comales y ollas; es el centro alrededor del cual giran las historias familiares, las conversaciones susurradas al amparo de la lumbre y los saberes que se transmiten sin prisa, al ritmo lento de la leña que se convierte en brasa.
Recuerdo con especial cariño a mi tía Delfina y a mi tía Natividad, quienes en el pequeño poblado de Huixastla, con manos curtidas por el nixtamal y la paciencia de quienes han aprendido a esperar el fuego, nos preparaban unos ricos frijolitos de olla acompañados de tortillas hechas a mano. Aquellas tortillas, recién salidas del comal, tenían el calor de las brasas y el sabor de la tierra. Cada bocado era un viaje a lo más profundo de nuestras raíces, una conexión con la tradición que nos definía como familia y como pueblo. Hoy, la cocina de mis tías se encuentra un poco destruida por el paso del tiempo y las inclemencias del clima, pero conserva ese espíritu que invita a reconstruirla, no solo como un espacio físico, sino como el lugar donde las tradiciones familiares se mantienen vivas y el tlecuil sigue esperando ser encendido una vez más.
En las cocinas de humo, como la de mis tías, el tiempo parece transcurrir de otra manera. La leña que se convierte en brasas, el comal de barro que escucha las conversaciones, el metate que guarda la memoria de los granos molidos, todos estos elementos conforman un universo de saberes que se han transmitido de generación en generación. Como señalan Herrera Rivas, Hernández Sánchez y De La Torre Sánchez (2026), en la cocina de tlecuil “las expresiones inmateriales durante las conmemoraciones configuran un sistema de organización del espacio y utensilios, elaboración de alimentos y saberes ancestrales” (p. 2). Los frijolitos de olla de mi tía Delfina eran sencillos: frijoles negros, un poco de epazote, sal y el secreto de la cocción lenta sobre el fogón. Y sin embargo, su sabor era incomparable porque llevaba el cariño de quien ha aprendido a cocinar desde la niñez, observando y experimentando, transformando lo cotidiano en extraordinario a través del conocimiento ancestral y el amor por lo que se hace. Ese es el verdadero legado del tlecuil: un fuego que no solo cocina, sino que narra historias, preserva identidades y une generaciones.
Hoy, con la cocina de mis tías en pensamiento de reconstrucción, entiendo que lo verdaderamente importante no son los muros ni el techo, sino el espíritu que la habita. Esa cocina, aunque humilde y desgastada, sigue siendo el centro de la vida familiar, el lugar donde las historias se comparten alrededor de la mesa, donde el aroma de los frijolitos con tortillas hechas a mano nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. La cocina tradicional, como lo expresa Juárez López (2021), “en su interior, tiene historias asociadas con el pasado de quienes la ejecutan y la consumen, y también con sus aspiraciones” (p. 45). El tlecuil y el recuerdo que no se apaga nos enseñan que mientras siga habiendo manos que amasen la masa, labios que soplen las brasas y corazones que compartan estas historias, el fuego de la tradición seguirá ardiendo, iluminando el camino de las nuevas generaciones hacia sus raíces y manteniendo viva la esencia de lo que nos hace mexicanos.


