Los hilos que mantienen sus sentidos
Autor: Santuà Luis
SNCA
Una pasarela de moda puede parecer, a primera vista, un espacio destinado únicamente a exhibir prendas, diseños y propuestas textiles. Sin embargo, cuando aquello que se presenta proviene de una comunidad y de saberes transmitidos entre generaciones, la pasarela deja de ser solamente un escenario para convertirse en un espacio donde también se disputa quién decide, quién representa y quién recibe el reconocimiento.
¿Qué ocurre cuando personas ajenas a una comunidad determinan qué diseños merecen mostrarse, quién debe portarlos y cómo debe representarse una identidad que no les pertenece? ¿Qué sucede cuando la prenda aparece en escena, pero desaparecen su historia, su origen y las manos que la hicieron posible?
El problema no está en presentar los textiles fuera de su territorio, sino en hacerlo sin la participación de quienes los crean, los portan y conservan sus saberes. Cuando las decisiones quedan concentradas en intereses externos, políticos o económicos, existe el riesgo de que una expresión cultural viva sea reducida a mercancía, espectáculo o recurso de representación.
Porque un tejido no es solamente un diseño. Es memoria, territorio, técnica y comunidad. Y cuando llega a una pasarela, también debería llegar la voz de quienes lo hicieron posible.
Desde la perspectiva de Néstor García Canclini, las identidades culturales no son estructuras inmóviles, sino que se transforman dentro de procesos de intercambio, circulación y negociación cultural. Sin embargo, estos procesos no ocurren en condiciones necesariamente iguales: también están atravesados por relaciones de poder que determinan quién puede producir, seleccionar, representar y hacer circular determinados significados. En el caso de los textiles comunitarios, esto obliga a preguntarse quién tiene la capacidad de decidir cómo se representa una identidad y quién termina beneficiándose de esa representación.
La cuestión adquiere mayor profundidad desde el pensamiento de Guillermo Bonfil Batalla y su concepto de control cultural. Para Bonfil, una cultura no se define únicamente por los elementos que posee, sino también por la capacidad de un grupo para tomar decisiones sobre esos elementos. Desde esta perspectiva, cuando una comunidad produce y conserva un saber, pero personas externas deciden qué diseños mostrar, quién puede representarlos, qué historia contar y bajo qué criterios hacerlo, el problema deja de ser únicamente estético: se convierte en una cuestión de control sobre la propia cultura.
Cuando la prenda aparece en escena, pero desaparecen su historia, su origen y las manos que la hicieron posible, el textil corre el riesgo de quedar reducido a una imagen descontextualizada de su propia cultura. La pieza se vuelve visible, mientras quienes sostienen el conocimiento permanecen invisibles. Se muestra el resultado, pero se oculta el proceso; se exhibe el objeto, pero se silencia la memoria que lo sostiene.
Una pasarela vinculada a un contexto comunitario, como el trabajo con el telar de cintura, podría ser mucho más que una exhibición de prendas. Podría mostrar los textiles elaborados por artesanas y artesanos, narrar la historia y el origen de cada pieza, reconocer a quienes tejen y portan los saberes, e integrar la música, la palabra, la fotografía o las proyecciones como parte de una memoria viva. De esta manera, el desfile podría convertirse en un acto de identidad y reconocimiento comunitario.
Pero ¿qué sucede cuando quienes son ajenos a la comunidad participan en ese espacio y, en lugar de acompañar sus procesos, comienzan a decidir qué diseños mostrar, quién debe modelarlos, qué historia contar y qué imagen de la comunidad proyectar? La presencia de personas externas no es necesariamente negativa: también pueden aportar conocimientos, experiencias, recursos y nuevas posibilidades de colaboración. El problema surge cuando ese acompañamiento desplaza la voz de quienes forman parte de la comunidad y comienzan a ser otros quienes administran su representación. La pasarela puede entonces dejar de ser un espacio para que la comunidad se represente a sí misma y convertirse en un escenario donde otros deciden cómo debe ser vista.
El problema no es solamente quién organiza una pasarela. La pregunta de fondo es quién controla la representación, quién recibe el reconocimiento y quién se beneficia de la visibilidad de un saber que pertenece a una comunidad. Porque promover una cultura no debería significar hablar en su nombre ni decidir por ella: en el caso de Hueyapan, la comunidad debe conservar la voz y la capacidad de decidir cómo se representan y comparten sus propios saberes.
“Si la comunidad pierde la capacidad de decidir sobre aquello que la representa, entonces la visibilidad puede permanecer, mientras que la voz de la comunidad desaparece.”
Referencias
García Canclini, N. (1989). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidadBonfil Batalla, Guillermo (1988). La teoría del control cultural en el estudio de procesos étnicos. Anuario Antropológico, 86, 13–53.



